jueves, agosto 29, 2013

THE GAMBLER (El jugador).



Pedro era un hombre de esos que parece que se van a comer el mundo. Con una gran sonrisa y su elevada estatura, conocía a toda la gente y quien mas y quien menos, había oído al menos hablar de él en la ciudad.
Con un carácter muy extrovertido y con un morro que se lo pisaba, tenía todo el aspecto del típico triunfador. Las mujeres se lo rifaban y en los buenos restaurantes no necesitaba de reserva previa para que el maitre le proporcionase siempre una de las mejores mesas.
Vestía siempre de traje y tenía una bonita y enorme BMW siempre limpia e impoluta. También había tenido un lujoso deportivo, pero cuentan las malas lenguas que lo perdió en una partida de póker ilegal.

Porque si. Efectivamente, Pedro no era tan perfecto como era de suponer. Desde hacía ya tiempo, la Diosa Fortuna lo llamaba con demasiada frecuencia a esos sitios en donde el dinero y las pertenencias personales cambian de mano en mano, dependiendo de si la jodida diosa te sonreía o no esa noche y marcaba la diferencia entre ganadores y perdedores.

No había diferencia para Pedro. Lo mismo le daba una buena mano de poker que una sensual ruleta giratoria. Un black Jack o una musical y luminosa maquinita con los tres tréboles de la suerte alineados frente a sus ojos. Unas voluptuosas y redondas bolas de billar o el melodioso tintineo de los dados al caer sobre el aterciopelado tapete.

No se sabe desde cuando tenía esa afición. Hay quien cuenta que desde que trabajó de portero en una sala de fiestas en la que en la trastienda, se jugaban fuertes sumas de dinero en partidas ilegales y él debía de sacar de vez en cuando y patear el culo a aquellos a los que la diosa fortuna les había arrebatado mas de lo que su propia solvencia económica les podía haber permitido perder aquella noche.

Desde entonces, cada vez que se jugaba en su presencia, a Pedro le subía un cosquilleo por el estómago que le impulsaba entre sudores a probar suerte. La vida era una gran apuesta. El tiempo que tardaría en llegar de un sitio a otro en su moto, las previsiones políticas del momento, la duración de las relaciones de sus amigos con sus parejas o incluso hasta para el mismo echar un polvo, necesitaba apostar con algún conocido si fulanita o menganita caerían o no ante sus encantos de seducción o por el contrario, recibiría un corte y tendría que pagar los servicios de una prostituta para follar aquella noche.

Caballos de carreras, perros en el canódromo, quinielas semanales y decenas de billetes de lotería eran los “deberes” para la semana, pero cuando llegaba el sábado noche, las apuestas se transformaban en la excitante forma de conductores suicidas, peleas de perros o cualquier otro tipo de apuesta ilegal que alimentaban su morbo en el juego. Afición y modo de vida de un machote ganador, como el mismo se describía, que siempre acababa perdiendo mas dinero y con mas rapidez, que el que obtenía de aquella manera tan fugaz, trepidante y para él , tan placentera.

Todo fue mas o menos bien hasta que Pedro se convirtió en habitual perdedor de ciertos círculos de amistades. Prestamistas sin escrúpulos que te daban crédito con una limpia sonrisa a cambio de vender tu alma al diablo. Tahúres tramposos con un aire de respetabilidad y glamour exterior, pero completamente podridos de puertas para adentro. Que si te retrasabas en los pagos, te rompían hasta el aliento, a modo de advertencia, pero que en el caso de Pedro, debido a su profundo conocimiento del ambiente y a su característico don de gentes, le llevó a un circulo de deudas que acabó por verse una noche de cierto viernes del mes de Junio en una habitación repleta de gente pero en la que solo dos hombres se encontraban sentados frente a frente con la única separación de una mesa entre ellos y un revolver del 38 special sobre la madera de esta.

El sudor de sus frentes se mezclaba con el humo del tabaco. Sentían en su nuca la mirada ansiosa de los espectadores que habían llegado a apostar millones de pesetas por ver como entraban dos hombres, pero que solamente saldría con vida tan solo uno de ellos. Comentarios entre las sombras y la luz cegadora de la lámpara central que quedaba entre ellos, a pocos centímetros sobre sus ojos. Iluminando intensamente, aquel objeto pavonado en negro, frío y metálico que aquella noche acabaría con la miserable existencia de uno de ellos dos.

Pedro vio como su oponente cogía el revolver e hizo girar el tambor con una sola bala en una de las seis recámaras. Sudaba como un cerdo y los ojos muy abiertos, parecían que se le iban a salir de las orbitas al mirar con ansiedad y miedo el oscuro objeto que tenia entre sus manos y que apoyaba en la cabeza para apretar rápidamente el gatillo.
Durante unos segundos, el mundo se resumió en un solo sonido. Un siniestro “click” que cambió la cara completamente tensa de quien tenia aún el revolver en sus manos hacia un resoplido de alivio y un rápido relajamiento de las facciones de la cara.

Ahora Pedro sabía que era su turno. Nunca había sido un cobarde, pero tenía ganas de llorar y de salir corriendo de aquel lugar.
Miró el revolver de nuevo y volvió la cara hacia el organizador del acto. Su falso padrino y amigo que le había llevado con engaños y coacciones hasta ese lugar, le miraba frío e impasible, flanqueado por sus guardaespaldas que estaban pendientes en cada momento de una leve expresión de su jefe para saltar sobre quien fuera, cual fieles lebreles a la orden de su amo para infligir daño o miedo a quien esa noche, cayese en desgracia.

Volvió a mirar el siniestro objeto oscuro de la mesa y la mirada de su rival, llena de ansiedad.
Pedro puso su mejor cara de poker. Era un ganador, pensaba para sus adentros y si alguien tenía que morir, sería el pobre diablo que estaba ante él con ojos de sapo asustado.

En pocos segundos, su vida pasó por su memoria y el ritmo del corazón, muy acelerado, le latía en todas las arterias de su cuerpo con una fuerza tremenda. Los olores olían mas, los sonidos se encontraban amplificados en sus oídos y hasta el frío tacto del metal del arma, parecía mas frío que nunca.
Dio la última calada al cigarrillo y llenó sus pulmones con el humo tranquilizador del tabaco mientras realizaba el ritual de girar el arma, hacer rodar el tambor del cargador y encarar el cañón hacia su sien. Notó entonces como una gota de sudor le cosquilleaba en la frente mientras se deslizaba pesadamente hacia abajo y el recorrido del gatillo le pareció larguísimo, eterno hasta que se amartilló el arma y el percutor cayó pesadamente sobre otra recámara vacía con el aliviante “click” característico, mientras él se mordía los labios para no gritar de miedo entre los jadeos mal disimulados de su acelerada respiración.

Pedro sonrió y bromeó mientras dejaba el revolver sobre la mesa y observaba la cara de pánico de su contrario. Fue entonces cuando lo vio llorar. Un tío como un armario de dos cuerpos y perfectamente vestido, llorando como una maricona.
Le ofreció el revolver empujándolo hacia el sobre la mesa y le animó fríamente. La frase fue algo así como: “No te me rajes ahora julay. ¡Venga, con dos cojones!, no les des a estos cabrones ese gustazo”.
El hombre cogió presuroso el revolver y apretó el gatillo rápidamente para no tener que pensar o sentir mas, el pánico que le producía el hecho de dispararse él mismo un arma en la cabeza.
En esta ocasión, un sonido breve e intenso, que le resultó un tanto sordo, se produjo mientras la cara y manos de Pedro, se manchaban de algo viscoso y húmedo, a la vez que veía al pobre diablo caer sobre la mesa con solo media cabeza en su sitio. El resto la había desparramado sobre mesa, paredes y sobre él mismo.

Se levantó limpiándose la sangre y sesos de la cara y traje y maldiciendo por ello con cara de repugnancia, pero con una gran felicidad disimulada en la mirada y en la comisura de la boca por no haber sido el que había palmado esa noche. Se apresuró a cobrar el poco dinero que le quedaba tras saldar las deudas con su padrino y salió al callejón a respirar algo del aire fresco de la noche. Tenía ganas de llorar, de gritar, de ponerse en posición fetal y sentirse protegido, pero eso no podía hacerlo él. Según el protocolo, lo que debía hacer ahora y que todos lo supiesen, sería pagarse una buena puta y echar unas partiditas al billar en el club, a la vista de todos para demostrar de que pasta estaba hecho.

En ese instante, el señor Maldonado, su padrino. Salió al callejón con él. Su sonrisa cínica no le hacían presagiar a Pedro nada bueno. Mientras sus sicarios le sujetaban fuertemente, Maldonado le dijo a Pedro que le iba a hacer un último favor. Que ya no le servía para gran cosa, pero que su negocio no podía verse involucrado al descubrir la policía un cadáver de alguien con quien le podían llegar a relacionar en uno de sus garitos.
Mientras tanto, otros dos sicarios, sacaban el cadáver del que hace solo unos minutos temblaba de miedo en la sala y lo arrojaban junto a unos contenedores de basura como si fuese un simple fardo de basura. Después sintió el frío metal del mismo revolver con el que habían estado coqueteando y vacilándole a la muerte instantes antes y la deflagración del arma en su cabeza con gran estruendo y dolor fue lo ultimo que percibió antes de quedarse todo oscuro , silencioso y sin sensación alguna.

A la mañana siguiente, los periódicos de la ciudad, informaban del hallazgo de los cadáveres de Pedro M. Z de 35 años de edad y de Miguel H. U. de 40 en un callejón. Según investigaciones policiales, se cree que ambos hombres, se mataron mutuamente en el transcurso de un ajuste de cuentas.
Nadie reclamó ambos cuerpos y una BMW full equip, único vestigio del paso de Pedro por el mundo, descansa ahora en el deposito municipal de vehículos, aguardando a que el paso del tiempo y posterior subasta, acaben con ella en cualquier desguace de la ciudad en la que vivió y murió Pedro M. Z. El jugador.


Doktor Jeckill.

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