jueves, agosto 29, 2013

EL SARHENTO SANSHE MARTÍN.



Manolito Sanshe Martín, nació en un pueblecito de lo que ahora se viene a denominar "La España profunda" de una provincia que podría ser cualquiera.

Su padre era un agricultor por cuenta ajena sin cultura ni inteligencia, pero con unas manos como las zapatillas de un jugador de baloncesto que le resultaban especialmente útiles para destripar con la azada, terrones de la madre tierra en su honrosa labor diaria como operario agrario y también para hostiar a su gorda, fea e igualmente inculta madre al regresar borracho del club social agrario (la única taberna del pueblo) tras sus partidas de dominó y mus con los amigos. Resentimientos varios, principalmente para consigo mismo, que hacían rutinarias las palizas que hacía sufrir cobardemente a su esposa e hijos con el consentimiento y aprobación de una sociedad rural, paleta y arcaica.

Cuando Manolito comenzó a ir a la escuela para convertirse en un hombre de provecho, se aficionó a repetir la costumbre de su hogar. O sea, a abusar, pegar, robar la merienda y a ser el más zote de su clase, ya que era lo que su padre le había enseñado a él, a sus hermanos y a su madre todas las tardes. Como sus compañeros del cole eran menos fornidos que él, podía verter sus prejuicios, burlas y su ira contenida hacia ellos en forma de violencia de la más variopinta clase.
Los maestros católicos de aquella época toleraban cualquier "chiquillada" siempre que los crios se aprendiesen el catecismo, las tablas de multiplicar y la lista de los reyes godos junto a las gloriosas gestas bélicas del conductor de la nación, el sacrosanto personaje conocido por "el caudillo".
Pero Manolito no llegaba ni a eso. Su gordura le impedía aprobar la asignatura de gimnasia, su inteligencia sospechosamente similar a la del hombre de Atapuerca no lograba retener los datos suficientes sobre los jodidos reyes godos, tampoco ese baile de números y extraños símbolos cabalísticos que representaban las malditas tablas de cálculo, o los montes y ríos de España que el profesor te hacía recordar tan amablemente de un capón o un pescozón de canto en la cabeza con la regla de madera de la pizarra.

Tras numerosas expulsiones y el atento estudio de su curriculum vitae, su padre y maestro llegaron a la conclusión de que Manolito jamás llegaría a trabajar para la NASA ni a ser el sillón "ñ" minúscula en la Real Academia de la Lengua Española, por lo que resolvieron darle su certificado de escolaridad con un aprobado "pelao" y enviarle a desarrollarse profesionalmente en la misma industria en la que su familia había desarrollado su experiencia laboral durante generaciones: La agraria.

Tras varios años en el "negocio familiar", Manolito se había convertido en un fornido mozalbete con los ojos como los de su madre y las manos como las de su padre. Por él suspiraban enamoradas casi todas las gallinas y ovejas de las granjas de toda la comarca.

Fue aquel año cuando en las fiestas patronales de su pueblo vio la luz que iluminaba su futuro.
Durante el pregón oficial de las fiestas, el balcón del ayuntamiento era ocupado por las "autoridades" (o sea, los que mandan) y Manolito decidió ser un miembro mas de esa selecta clase gobernante de la España de la posguerra.

Alcalde no podría ser porque no era hijo de ningún cacique, no poseía tierras, dinero, abolengo familiar ni tenía una carrera como notario del estado.
Sacerdote, tampoco. Ya que había que estudiar para ello, convencer a la gente con el poder del verbo, llevar una especie de horrible falda y olvidarse de "meterla en caliente" por los restos.
Así que decidió ser Guardia Civil. Con ese porte majestuoso, esa capa de antiguo caballero andante, esa pistola pavonada y mosquetón que imponían temor, ese tricornio y ese bigote que representaban el azote de los vagos y maleantes a la vez que el respeto y admiración de las damas y la gente de bien.
Además tenían economato, le proporcionaban casa y ropa y le pagaban por lo único que a Manolito realmente dejaba de hacerlo sentir como el gusano que era: Repartir hostias sin que te las puedan devolver o pasear por los caminos sin dar un "palo al agua”, beber en la taberna sin pagar un real, etc.

Así que tras licenciarse del servicio militar y romperle el corazón a la cabra del regimiento con su partida, entró a formar parte de la prestigiosa institución conocida popularmente como "Benemérita".
Manolito (ahora ya el guardia "Don Manuel") logró salir de la academia justo antes de que la institución castrense decidiese dar una formación policial y acorde a sus muchachos y se vio con su flamante uniforme verde por tan solo saber disparar un arma y saber desfilar como un soldadito de plomo de pro, por lo que las cosas que había que estudiar fueron llegando con cuentagotas y sin demasiado control ni evaluación. Bastaba con tener y hacerlo todo a base de cojones, gritar mucho y colocarle los "marrones" al más nuevo.

El tiempo fue pasando y su trabajo también. Ahora había cosas buenas como vehículos en los que patrullar sin necesidad de caminar ni montar en bicicleta o posteriormente aquellos Citroen "dos caballos" tan divertidos o Sanglas con ese cambio de marchas tan característico. Pero también cosas muy malas. La modernización de la Guardia Civil exigía a sus miembros una calidad humana, un trato hacia el ciudadano y un nivel técnico e intelectual que él jamás podría ofrecerle al Cuerpo.
Vio como chavalines imberbes destinados a su comandancia, gracias a su empuje e inteligencia, ascendían de grado con relativa rapidez y enseguida pasaban de ser "el nuevo" a darle órdenes a él. ¡A él, que llevaba en el Cuerpo desde antes de que los padres de aquellos crios los concibiesen!

La verdad es que Manuel, había ido ascendiendo como suboficial, como reconocimiento a su dilatada carrera como "dinosaurio" en el Cuerpo tras muchos años de servicio como fiel lebrel del alcalde o gobernador civil de turno. Si había algún cometido que encomendarle en el cual no hubiese que pensar mucho y por muy sucio que fuese el asunto, el cabo Manué Sanshe Martín siempre estaba dispuesto a realizar cualquier misión como si de una operación militar de precisión se tratase.
Su oficial al mando, sus compañeros y demás personas afectadas, deseaban que se jubilase y perderle de vista cuanto antes. Había un respeto obtenido por una hoja de servicios más o menos limpia y muchos años de servicio, pero la verdad es que nadie lo quería ni se fiaba de patrullar con él. Por eso siempre lo hacía con novatos, que en cuanto tenían ocasión, cambiaban de compañero.

Lo destinaron a la sección de tráfico, en donde no podría torturar a los detenidos y en donde lo tendrían más o menos lejos del pueblo, perdido por las carreteras de la comarca. Su lugar favorito eran las inmediaciones de un puticlub de carretera en donde pasaba la mayor parte de tiempo y donde posteriormente tenía la carretera nacional tan cerca que podía cumplir con su cupo diario de multas en tan solo media hora, "fundiendo" literalmente al infeliz que detuviese el coche, moto o lo que fuese bajo su requerimiento.
Era especialmente aficionado a parar a los transportistas y a los moteros, a los que odiaba especialmente por ser gente que viajaba, conocía lugares lejanos y que no revestía dificultad encontrar cualquier excusa para ponerles varias multas de una sola actuación.

Era del dominio público la manera de proceder de este personaje, pero sus mandos y compañeros, más que nada por vergüenza que por otra cosa le hacían el "tapadillo" continuamente. Con frecuencia se veían las palizas que daba a la desgraciada que tuvo la desdicha de casarse con él hacía años pensando que era un hombre "de Ley". Las borracheras que pillaba en el puticlub o bares y que le convertían en un individuo especialmente violento, fanfarrón y pendenciero, haciendo uso y exhibición de su placa y pistola con cualquiera que no le siguiese la corriente o incluso su extraña "afición" por las sesiones sadomasoquistas con jovencitos menores de edad a los que pedía que lo sodomizasen con su propia porra de servicio.
Además, la nueva BMW con la que trabajaba, lucía casi permanentemente los restos de caídas y arrastrones que nunca fueron realmente esclarecidos ya que según el testimonio de Manué y el forzado silencio de su compañero, resultaba que siempre encontraba la moto caída al ir a montarla tras una parada de almuerzo o similar.

Un día del mes de Junio Manuel Sánchez Martín no se presentó en la comandancia. La noche anterior había salido a tomar unas copas al club de carretera pero según la declaración de las trabajadoras del local, esa noche no llegó a visitarlas.
Tampoco sabía nada su esposa, de la cual se sospechó largamente como autora del presunto homicidio de su marido y posterior ocultación del cadáver.
Los moteros y camioneros que frecuentaban la zona y que habían sido víctimas de los manejos del corrupto guardia, fueron igualmente interrogados y puesto bajo sospecha, como también lo fueron algunos vecinos de los pueblos de la zona, algunos jóvenes chaperos y algunos de sus propios compañeros del cuerpo a los que tantas veces cargó con sus errores.

Finalmente, se dejó de buscar a Manuel Sánchez Martín. Nadie tenía ganas de encontrarlo. Ni vivo ni muerto. Vivo habría que volver a aguantarlo y muerto tendrían que buscar a alguien a quien con casi toda probabilidad habría que condenar por pensar y haber hecho lo que tantos de ellos habían deseado hacer con tanta frecuencia.

Finalmente Manué Sanshe Martín fue dado como desertor y como desaparecido. Su mujer ahora comparte su vida con otro guardia que la respeta como persona y como mujer. Los moteros y camioneros de la zona, a pesar de que lo nieguen, se les ha visto tomar café en los bares de carretera con los agentes de la Benemérita con los que parece, ahora existe un respeto mutuo o acuerdo de no-agresión y las chicas del club no han vuelto a tener nunca mas altercados con ningún cliente.

Nadie recuerda ya al sargento Sánchez Martín, aquel bastardo anacrónico que teñía de mierda la imagen de unos hombres y mujeres que visten de verde y que fueron creados para proteger y defender a sus conciudadanos de quien abusa de su fuerza y para servir con profesionalidad a conductores con problemas, personas agredidas o cualquier otra circunstancia pero que algún que otro gobernador civil o politicucho de poca monta, está olvidando sobre el auténtico propósito de los cuerpos policiales, creyendo que sean una especie de recaudadores de impuestos destinados a ejercer un abuso de poder sobre el ciudadano, siendo esta práctica extendida y practicada, gracias a individuos de la "calaña" de Manué Sanshe Martín.

Doktor Jeckill.

NOTA: Este relato, así como los nombres de los personajes o los hechos descritos son ficticios... ¿o no? Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia y si alguien se da por aludido debería recordar el conocido refrán: "El que se pica, ajos come".

Este relato está dedicado "con todo mi cariño y respeto" a la pareja de la Guardia Civil que me "asaltó" el 13 de Junio del 2003 en el Km. 130 de la N-VI y que entre víctima y víctima, circulaban por el arcén de la autovía en sentido contrario, con el único propósito de poder multar a mas cantidad de camioneros y moteros en el menor tiempo posible para llevarle "pasta rápida" a su amo y tal vez, recibir una afectuosa caricia en el lomo.

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