lunes, abril 27, 2009

LUNA DE OCTUBRE

 
En las horas bajas no puedo olvidar
los recuerdos me atormentan
hasta hacerme llorar.
Cuando tú eres tu enemigo
no puedes luchar.
A los fantasmas no se les puede matar jamás.
(Carlos Segarra).



Siempre consideraste una noche de tormenta el marco ideal para escribir. Para sentarte frente a la pantalla, pues ya no se puede decir "frente al papel". Sin darte cuenta el siglo XXI llegó arrasando con todo lo que te gustaba: los discos de vinilo, las cartas manuscritas y la vieja máquina de escribir de tu padre, la cual espera en algún rincón del hogar familiar, al que llevas años sin ir, que alguien la tire a la basura.

¿Qué fue de todo? ¿Dónde ha quedado? El calendario amenaza al rebelde sin causa, vas a cumplir treinta años y no has conseguido nada. Envidias a la gente que usa la expresión "dejar la mente en blanco". Tú nunca has sido capaz, no has dejado de pensar un solo segundo durante los últimos diecisiete años y eso no te ha hecho ningún bien.

¿Dónde te veías a los treinta años cuando ibas a cumplir quince? Pensabas que estarías en tu propia casa, quizá con tu esposa e hijos, o tal vez solo pero en paz contigo, yendo al trabajo cada mañana y viendo películas, escribiendo, viajando, tocando el piano. Esa era una de las vidas posibles.

No te desagradaba la otra. Era el tiempo de las ensoñaciones, de los idealismos. Aquellas fotografías de James Dean, aquellas enormes motos de tus amigos mayores también te hacían pensar en un hipotético futuro. ¿Serías con treinta años el mismo gato que entonces? ¿Vestirías aún de cuero y despeinado? ¿Seguirías escuchando Rock´n´Roll? ¿Viajarías donde quiera que tocasen Brian Setzer o Robert Gordon?

Mientras tanto pasaba tu adolescencia entre cigarros y cerveza. Un buen amigo, alguna chica que quizá te dijese "te quiero", otras que nunca lo dirían (cosa que agradecerías), guitarras, improvisación, no pensar en mañana cuando aún son sólo las doce de la noche…

¿Dónde están los amigos? Hace años puede que tuvieras demasiados. A cualquier hora del día o de la noche podías llamar a veinte personas para cualquier cosa que te apeteciese. Desde ir a una sesión de cine independiente o jugar una partida de ajedrez, hasta sentarte en el muro de la rambla con unos litros de cerveza y un par de bolsas de patatas fritas, hablando de música hasta ver amanecer, fuese sábado o martes.

Cuántas tardes tirado en tu cama, escuchando a Gene Vincent, sonaba el teléfono y pasabas un rato estupendo hablando con un amigo, sobre lo que habíais hecho y lo que tocaba el fin de semana siguiente. Hoy la gente llama "internet" a la amistad, y te has quedado fuera de lugar.
La gente se conoce (o eso creen los pobre ilusos) pasadas las doce de la noche, encerrados en casa frente a una pantalla, y tú ni siquiera tienes lavadora y has de planchar las camisas (sueldo miserable pero, por favor, buena presencia) en la misma mesa en que comes y estudias.

No hay otra en todo el apartamento. La gente ya ni siquiera usa el teléfono para llamar. Todo lo más que puedes esperar es que alguien te escriba un mensaje en un idioma ininteligible surgido a raíz de la proliferación de tales aparatos, que leerás en tres segundos y pensarás ¿Y ahora tengo que contestar?

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Comienzan a dolerte el pecho y los brazos.
El accidente no ha sido grave, no ibas deprisa y nadie más se ha visto involucrado, pero el impacto contra el suelo ha sido contundente. Y las consecuencias más graves de lo que pensabas en el momento inmediatamente posterior a lo sucedido.
Las secuelas físicas y el golpe económico no son nada comparado con lo peor que podía ocurrirte: has vuelto a pensar, has vuelto a pasar revista a todo…

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Hoy escribes tu vida, intentando resumirla de manera que puedas contarlo todo con la esperanza de que alguien logre entender y no se limiten a considerarte un loco más.

Dejas de escribir y miras un instante las paredes de tu barato apartamento de alquiler. Mirarías la puerta de tu habitación, pero ésta no existe. Sólo hay una puerta, la principal, que cualquier niño de cinco años tiraría de un empujón. Crees que es un milagro que hayan podido colocar un cuarto de baño al final del pasillo en esa habitación con compartimentos que llamas tu casa cuando hablas con terceros. Recuerdas el conservatorio, ibas a ser el Jerry Lee de tu ciudad. Recuerdas la universidad, ibas a ser arquitecto…

Presionan entre las sienes y en el pecho los recuerdos entre clases de instituto y de solfeo. Cada tarde al abrir la puerta los gritos de tus padres. Escuchaste la palabra divorcio por primera vez a los siete años. Con catorce te sentías extraño el día que no la oías. Y al final aguantaron juntos cuarenta y dos años. Quién podía creer al cura cuando lo dijo, hasta que la muerte los separó. Recuerdas a tu madre llorando frente a la tumba de tu padre y te preguntas por qué lo hace, si nunca se quisieron…

Entre párrafos se te escapa alguna sonrisa, inevitable cuando piensas en tu padre. Cuando llegabas a casa a las siete de la mañana y él, recién levantado junto a la cafetera, te preguntaba: "¿Y eso que te has levantado tan temprano? Tú no podías apenas articular palabra por el alcohol, pero él se reía porque también fue joven. Te despertabas el domingo casi a las ocho de la tarde y la noche se te hacía después eterna, como sabes que será ésta.

Cuando abandonaste el conservatorio harto ya de arcaicos métodos de enseñanza, de aguantar a cuatro carcamales que no hubieran dudado en golpearte las manos con una vara de avellano si el ministerio de turno lo hubiese permitido, tu madre dejó de mirarte a la cara. No es por las clases, decía convencida, sólo quieres más tiempo para beber cerveza. Cuando suspendías alguna asignatura eras un borracho callejero que nunca llegaría a nada. Cuando llevabas todo aprobado sólo había silencio. Y te preguntabas por qué. Echas de menos a tu padre y crees que quien decide se llevó a la persona equivocada. Muchas noches te despiertas sudoroso y alterado. Recuerdas a tu padre bromeando en la cama del hospital, cuando los médicos ya le habían dicho que sólo cabía esperar que llegara el momento y él, que era capaz de encajar con humor hasta el anuncio de su propia muerte, decía que de momento no había que preocuparse, que no pensaba irse hasta que te viera terminar la carrera. Sientes el mismo pinchazo en el alma de todas las noches. Tu padre murió y tú nunca le dijiste que lo querías, cuando es la única persona a la que has querido en toda tu vida.


Apenas hace unos días que acabó el verano y llevas puesto tu suéter de lana. En tu miserable morada en el campo, cerca de la montaña, una gélida corriente se cuela por todas las rendijas. Cada mañana amaneces con los pies helados y la nariz congestionada y sin ganas de vivir te vas a la oficina, a perderte entre pedidos y albaranes y a aguantar las impertinencias de los clientes, a veces de tus propios compañeros. Aunque un poco a tu pesar, ibas a ser arquitecto…

No te dieron la oportunidad que tantos y tantos conocidos aprovecharon, la de cambiar de carrera. Cuando insinuaste que no terminaba de gustarte a tu madre le faltó tiempo para volver a los reproches de siempre y tu hermano se unió a ella en un complot que nunca entendiste. ¿Por qué no te dejan hacer tu vida? Tú nunca les has hecho nada. Harto de aguantar siempre lo mismo, empezaste a trabajar para poder marcharte. Y con veintiún años ya vivías en un piso con dos amigos.
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Detienes la escritura. Enciendes un cigarro tras cuatro años sin hacerlo. Piensas en el hombre que se acercó para ayudarte y junto al que has conseguido volver a poner la moto en marcha. De no ser por él, quizá seguiría incrustada en el barrizal de aquella zanja de riego y su dueño buscándote por toda la comarca.
Aunque en el fondo piensas que ha sido un imbécil prestándotela y que no deberías haber asumido los gastos de la reparación. Luego, más tranquilo, sabes que en realidad te ha hecho un favor que muy poca gente haría. El coche te ha dejado tirado y te ha dejado su moto sin conocerte de nada, sólo porque alguien le ha dicho que vives por el pueblo.

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Al tiempo que compartías tu primer piso con aquellos individuos incapaces de estar más de diez minutos sin liarse un canuto, sin darte cuenta todo el odio que sentías hacia los culpables iba creciendo en tu interior. Fumabas, bebías y salías todas las noches. No fueron pocas las ocasiones en que cerró el último bar y desde allí fuiste directamente al trabajo. Creías que nada lo provocaba, que simplemente eras así, un auténtico Rocker, el último rebelde. Pero todo aquello no eran más que los cimientos de tu venganza: sabías que tarde o temprano harían que pudieras darle a tu madre y a tu hermano la lección que tanto merecen. Y puede que empujado por una siempre bienvenida noche de tormenta ésta pueda ser la ocasión perfecta.

Mientras con la pensión que había dejado tu padre tras cincuenta años en la misma empresa a tu hermano le pagaban la carrera y un coche deportivo tú te pudrías tras la barra de distintos bares, en los que te tomabas más copas que servías y comenzabas a sentir verdadera repugnancia por el ser humano. Los amigos se perdían.

Algunos, los que habría que llamar más bien simplemente conocidos, dejaban de llamarte porque tu agrio carácter de aquellos días se les hacía insoportable. Pero nunca te preguntaron si te ocurría algo a pesar de ver como te cruzabas con tu propio hermano sin mirarlo a la cara. Al resto, los amigos de verdad, fuiste tú quien los esquivó. No querías ser injusto. Sabías que tu presencia amargaba la vida a cualquiera y ellos no tenían la culpa de lo que te había sucedido. Hoy, quince años después, algunos siguen llamando de vez en cuando para hablar un rato contigo.

Nada de estúpidos mensajes al móvil ni correos electrónicos: cogen el teléfono, marcan tu número y pasan un rato hablando contigo, preguntando cómo te va, que estás haciendo, si te apetece salir esa noche. Tú has perdido toda sociabilidad. Ya no sales porque te sientes incómodo siempre que hay más de quince personas en el mismo sitio, porque sabes que el odio hacia el mundo se lee en tu mirada. Y ellos, antes de terminar la llamada, recuerdan algún momento pasado que pueda hacerte reír para que, al menos, sonrías un rato tras colgar el teléfono.


Durante los últimos dos años muy puntualmente has conseguido superar esa sensación que llamas miedo porque no conoces la palabra exacta para definirla y has salido a la calle pensando que hay un futuro. Has comprado un disco, un libro, has dado un paseo por cualquier ciudad de tu provincia disfrutando del día, admirando las fachadas del casco antiguo. Te has cruzado con uno de esos amigos de verdad y os habéis tomado una cerveza hablando de los viejos tiempos. Te has cruzado con alguno de aquellos conocidos y has cambiado de acera, para evitar que te pregunten cómo te va, pues no sabes mentir y no te apetece hablar. Incluso hubo una chica, duró más de un año y creíste que una nueva vida era posible. Pero volviste a cometer el mismo error, y pagaste con ella todo lo que la vida te había hecho. A pesar de haber roto sus sueños e ilusiones todavía coge el teléfono cuando necesitas hablar, y sabes que nunca la olvidarás y que, tras haber sido tu novia, es la mejor amiga que jamás tendrás.

Hace ya casi seis meses, desde que te fuiste de la ciudad, que no sabes nada de ella, ni de tus amigos.

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Cuando gracias a la providencial ayuda de ese desconocido has sacado la moto de la zanja ya todo te daba igual. Quizá el accidente era la señal que necesitabas.
Has seguido tu camino girando el puño al máximo, sin advertir que habías perdido los espejos retrovisores y que la llave había caído por el camino. Al llegar a casa has dejado caer la moto al suelo. Total, ya estaba destartalada.
Al subir las escaleras ha aparecido tu casero. Llevabas el dinero del alquiler encima y, mientras se lo dabas, viéndote totalmente cubierto de barro te ha preguntado si te había pasado algo. Como no tenías ganas de hablar simplemente le has dicho que has tropezado al salir de la peluquería y se te ha escapado la risa.
Sabías que esta noche ibas a escapar y le has dicho que este mes no era necesario que te hiciera el recibo. Se ha quedado sin saber qué decir mientras te veía entrar al apartamento y volver a salir apenas diez segundos después con una sonrisa que rayaba lo fantasmagórico.

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Durante el camino de vuelta para devolver la moto a su dueño han pasado por tu mente los momentos de miedo, de verdadero malestar, cuando realmente has pensado que ibas a morir o incluso has sentido ganas de que ocurriera.
Has prohibido a todo el que te conoce que haga el menor comentario sobre ti ante tu ex familia, por lo que tu madre no sabe que te han estado esperando con navajas a la salida del bar donde trabajabas por negarte a servir alcohol a un menor de edad, que unos amigos lograron agarrarte segundos antes de intentar tirarte al tren con apenas catorce años y que unos traficantes te dieron una paliza que te tuvo dos días en el hospital cuando te negaste a darles una habitación en un hotel de mala muerte en que te viste obligado a trabajar para poder pagar el alquiler y comer. Mientras tanto tu madre ha terminado de pagar el deportivo de tu hermano, que ahora finge una depresión para no tener que ir a trabajar y se mete la pensión que recibe por la nariz mientras va por la vida diciendo que no vive con su madre: es su madre la que vive con él, porque tiene que cuidarla.

Pasaron unos años en que ocasionalmente te cruzabas con tu madre y se echaba a llorar, preguntando cómo estabas y por qué no volvías a casa. Jamás te paraste a hablar con ella, dejándola en mitad de la calle con su llanto. Te limitabas a mirarla con desprecio y a decir que aquella no era tu casa y que ya no tenías madre.

Cuando vivías bajo su techo nunca supo perdonarte nada. Ahora tú no querías hacerlo. Un día el destino la colocó en el lugar equivocado a la hora equivocada. Coincidiste con ella en la consulta del médico. Necesitabas la receta de los ansiolíticos que te mandaron cuando ingresaste en urgencias con una crisis de ansiedad que te impedía respirar. Tuvo la desfachatez de mirarte sonriendo y preguntarte: ¿Cómo estás hijo? Saltaste del asiento y, delante de todo el mundo, la llamaste puta, le dijiste que había dejado a un hijo en la calle mientras con su casa y su comida financiaba la cocaína para el otro y que no volviera jamás a llamarte hijo, que no pensabas volver a la ciudad ni para su entierro.

Esa noche volviste a ingresar en urgencias y quince días después te marchaste de la ciudad para no volver a verla nunca, con el único deseo de recibir una llamada de algún familiar lejano que te dijese que ella, o tu hermano, o a ser posible los dos juntos, habían fallecido. Cuando eso es lo único que te motiva para empezar un nuevo día, el futuro nunca puede ser muy prometedor.

Aún así, no hace mucho que has considerado llegado el momento de dejar de llorar y empezar a luchar por lo que quieres. Tu orgullo felino manda no dejarse pisotear y si alguien te ha puesto la zancadilla sólo cabe una salida: recoger tus sueños hechos pedazos y volverlos a juntar. Hace apenas unos días te has matriculado en la universidad a distancia y te has comprado una guitarra, una pequeña afición que te convierta en alguien normal, para no quemar más años de tu vida lamentándote en la barra de cualquier bar, como pasaste tu maldita adolescencia, como hacen cada día miles de pobres diablos a quienes no quieres parecerte.

Hoy parecía un buen día. Al menos te has sentido bien al salir de la oficina, pues hace años que no tienes un "buen día". Es fiesta en la localidad donde trabajas y os han dado la tarde libre. Pensabas dar una sorpresa a un viejo amigo de tu ciudad natal yendo a verlo al trabajo. Tiene una pequeña tienda de prensa y revistas en la que pasa el día encerrado y sabes que agradece cualquier visita.

Has ido a echar gasolina a tu coche del 89, el único que pudiste comprarte cuando apenas cobrabas el salario mínimo trabajando más de doce horas al día en un restaurante, y al intentar abrir el depósito la llave se ha roto. Habías cerrado la puerta, luego no podías volver a entrar y, aunque hubieras podido, no disponías de llave para arrancar. Sin llave, con el freno de mano puesto y el coche en mitad de la estación de servicio le has dicho al dueño de la gasolinera que ibas a llamar a un taxi para ir a casa a por una copia de la llave y éste, habiéndote visto en un par de ocasiones por allí, te ha dicho que cogieras su moto, con la que apenas cinco minutos después te has salido de la calzada. Este mes, además del alquiler, la luz y el agua tienes que pagar el seguro del coche, la matrícula de tu nueva aventura universitaria y, ahora, recomponer media moto. Sacas mentalmente la cuenta: imposible comer…
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Llevas más de dos horas frente al ordenador y ya no sabes qué decir. La inspiración se ha ido, apenas se escucha la lluvia contra el cristal.
Decides que ha llegado el momento de la verdad: tu madre y tu hermano van a saber lo que es bueno, van a pagar muy caro el haberte robado la vida que merecías. Te diriges al cuarto de baño y abres el armario, como casi todas las mañanas cuando te dispones a afeitarte. Pero ya te has afeitado esta mañana. Recuerdas una vieja canción de Los Rebeldes que llevas años sin escuchar y la sigues al pié de la letra: "la cuchilla en la muñeca, empieza la cuenta atrás…"

Sin embargo has contado hacia delante. El número tres siempre te trajo suerte y a la de tres lo hiciste. Lo triste no es que ya no estés, sino que dos días después nadie te recordará. Por otro lado no te importa lo más mínimo, porque vuelves a estar con tu padre, le has dicho cuánto lo quieres y has echado de menos y por fin le has podido contar todo lo que ha pasado durante los últimos años y por qué no eres arquitecto. La tormenta ha cesado y las nubes desaparecido.
Mientras tu cuerpo palidece desangrado brilla en el cielo la luna de octubre


Texto Por

Luis Sánchez Swingcat.









Fotos: Doktor Jeckill.

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