sábado, diciembre 27, 2008

JARRITA MARRON

24 de diciembre de 1944. Helen nunca olvidaría aquella cena de Navidad. Ella ya lo sabía, porque el General Arnold, arriesgándose a un consejo de guerra, había llamado el día anterior para comunicarle la nueva. Pero los niños correteaban alrededor de la mesa, jugaban con el tío Charlie y otros invitados, y pensó que nadie tiene derecho a dejar a unos niños sin Navidad. Además, él hubiera querido que fuese así.
Charlie encendió la radio, el especial de Navidad estaba a punto de comenzar. Con lo primeros compases de “Moonlight serenade” su corazón se encogió. No lloró, no quería que los niños la vieran llorar, no aún. Y en apenas dos minutos vio pasar ante sus ojos toda su vida.

Aquella mañana de 1926, cuando descolgó el teléfono y escuchó como, con el desparpajo que siempre lo caracterizó, preguntó por su novia después de casi dos años sin verla.
-Estoy en Denver – le dijo -. Quiero verte esta noche.
-Pero tengo un compromiso –se excusó.
-No pasa nada, cancélalo.
Antes de poder responder ya había colgado y sabía que más le valía cancelar su compromiso, pues él vendría contra viento y marea.
Llegó pasadas las dos de la madrugada. Aunque no quedaron a una hora determinada ella consideraba su comportamiento inaceptable, pero al verlo olvidó su enfado. Siempre recordaría su tierna mirada mientras le entregaba un collar de perlas, admitiendo que era simple bisutería, pero afirmando que algún día le compraría uno de perlas auténticas.
-Es por tu cumpleaños.
-Pero no es hasta noviembre.
-Bueno, éste es por tu pasado cumpleaños.
-¿Sabes que llevo un año comprometida? ¿No se te ha ocurrido pensar que hubiera podido no estar aquí esperándote?
-No – dijo sonriendo -, jamás se me hubiera ocurrido pensarlo.
Aún no entendía como se dejó convencer, a tan altas horas de la madrugada, para ir a Colorado a conocer a sus padres. Tras el desayuno salieron a pasear y, al pasar junto a la Universidad, un coro interpretaba “Jarrita marrón”.
-Me encanta esta canción – dijo ella.
-¿Jarrita marrón? No es precisamente para oídos muy refinados.
-Supongo que me gusta porque mi padre me la cantaba cuando era pequeña.
-Pues retén el recuerdo, yo jamás la interpretaré.

Dos años después volvió a sonar el teléfono.
-¿Helen?
-Sí, soy yo.
-¿Podrías venir a Pennsylvania esta noche?
-¡Por Dios! ¿Para qué?
-Para que podamos casarnos. No puedo seguir adelante sin ti.
Ni sus familias, ni sus amigos, nunca nadie entendió cómo la convenció. Al día siguiente Helen Burguer contrajo matrimonio con el único y verdadero amor de su vida.

Nunca olvidaría la noche en el club de Nueva York, bebiendo ginebra en tazas de café, cuando lo vio sobre el escenario junto a Louis Armstron y Gene Krupa. Al terminar la actuación le dijo:
-Sigue estudiando interpretación, crea tu propia orquesta.
-Pero no será nada fácil, habrá que hacer grandes sacrificios.
-No necesito vivir en un hotel de lujo, ni que me hagan la cama, laven la ropa y cocinen. Nos mudaremos a un pequeño apartamento.
Y así lo hicieron.

No se equivocaba; los siguientes años fueron difíciles, de gran incertidumbre y continuos altibajos. Tal era la situación que, para no descentrarlo de su trabajo, le ocultó su embarazo. Y él no supo nada hasta después del aborto.
Él, considerándose la causa del infortunio, creyendo estar destrozando la vida de la mujer a quien amaba, a la que había condenado a cargar con un músico mediocre, le prometió que tendrían no un hijo, sino dos: un niño y una niña.
-Pero si sabes que ya nunca podré tener hijos, lo dijo el doctor.
-Ya, pero también sabes lo obstinado que soy.

Y aquella Nochebuena de 1944 los niños correteaban alrededor de la mesa.

Afortunadamente poco antes del décimo aniversario de su matrimonio, cuando se hallaban casi tocando fondo, pero más enamorados que nunca, finalmente sucedió: uno de los trompetistas se cortó el labio y él pasó toda la noche reescribiendo las partituras para cederle la voz principal al clarinete. El milagro se produjo, ya nunca más volverían a pasar hambre.

Mientras en la radio continuaba el especial de Navidad recordó cuando, meses después de alcanzar la fama y en mitad de una actuación, excentricidades que ya no la sorprendían, dejo a la orquesta tocando y se dirigió hasta su mesa con un regalo en la mano.
-Esto es por tu cumpleaños.
-Pero no es hasta noviembre –dijo ella.
-Bueno, éste es por tu pasado cumpleaños.
Eran perlas auténticas.
-Hubiera preferido que tocaras “Jarrita marrón” para mí.
-Sabes que no la soporto. Ya te advertí que jamás la interpretaría.

Llegó la cena de décimo aniversario. Él escondió a toda su orquesta bajo la escalera de caracol del salón principal. Cuando ella bajó sonó la marcha nupcial a ritmo de jazz. Cuando creía haberlo visto todo, diez años después del “sí, quiero” él conseguía volver a sorprenderla. Pero no era esa la sorpresa, sino la canción que interpretó a continuación, titulada igual que el número de teléfono de Pennsylvania desde el que le pidió matrimonio.
Las sorpresas no acabaron ahí aquella noche. Uno de los invitados a la cena tuvo la ocurrencia de argumentar que, un buen regalo, hubiera sido una versión de “jarrita marrón”, pues todos sabían que era su canción favorita. Entonces él se levanto y dijo: “como suponía que alguien sacaría la conversación, tengo otro regalo para ella con una tarjeta que dice así:
Ja, ja,ja… he aquí
que en prueba de amor sin fin
una jarrita marrón te ofrezco
por ser mi venerado querubín”.

Y le entregó una pequeña jarrita marrón de apenas diez centímetros de altura con un precioso lazo blanco de la que ella jamás se desprendería.

Cuatro años después, en 1942, llegó la carta. Él quería ayudar, contribuir en la medida de sus posibilidades, a los jóvenes de su país que habían sido reclutados para luchar en la Segunda Guerra Mundial. Era incapaz de matar una mosca. Sólo quería animarlos con su música.
-Todos los jóvenes que escuchan mis discos están en el ejército – se excusaba -. Creo que debo estar allí con ellos.
-Lo entiendo perfectamente – dijo ella con ternura.
-Creí que te enfadarías.
-Y estoy enfadada. Pero lo estaría aún más si no lo hicieras.
Finalmente abrió la carta para ver su graduación. Solicitó ingreso voluntario pues, por su edad, ya no podía ser reclutado: Capitán. En pocos meses fue ascendido a Mayor del Ejército de Los Estados Unidos.
Durante su última actuación como civil la orquesta fue incapaz de terminar el último tema debido a la tristeza que los embargaba. Partió para Europa en 1943.

Todos aquellos recuerdos invadieron su alma en los apenas dos minutos que duró la introducción al especial de Navidad. Al finalizar el tema de presentación, se escuchó la voz del locutor:
-Tal vez muchos de ustedes, y en particular sus familiares y allegados, ya sepan que el mayor Glenn Miller no puede estar esta noche con nosotros – no dijeron que su avioneta se había estrellado porque el Ejército de los Estados Unidos dio órdenes estrictas de no comunicar las bajas hasta después de Navidad, pero Helen lo sabía, pues como se dijo al principio, el General Arnold consideraba inhumano no hacérselo saber y la llamó la noche anterior -. Aún así el programa se retransmitirá, y vamos a comenzar tal y como él nos pidió que lo hiciéramos, con uno de sus últimos arreglos, el cual fue escrito con todo su cariño para su mujer, la señora Helen Miller, quien seguro que esta noche nos escucha. Chicos, vamos allá.
Helen escuchó atentamente, conteniendo las lágrimas para no alarmar a los niños, pero el tío Charlie decidió apartarlos de la radio y llevarlos a jugar a un rincón, intuyendo lo que iba a ocurrir.
Los primeros cuatro compases, un simple acompañamiento de piano, aún no decían mucho. Al quinto compás entraron los saxofones, con una melodía que a Helen le resultaba mucho más que familiar. Al noveno compás, la entrada de las trompetas no dejaba lugar a dudas, la “Glenn Miller Army Force Band” interpretaba “Jarrita marrón” para ella.
Helen dio unos pasos atrás y se dirigió a las estanterías del salón. Allí estaba, intacta como el primer día, la jarrita marrón que le regaló por su décimo aniversario. Ahogada en sus propias lágrimas no pudo evitar esbozar una sonrisa.
Y nunca una sonrisa fue tan amarga.
Y nunca un llanto fue tan dulce…



(Los restos del Mayor Alton Glenn Miller jamás fueron encontrados).


By: Luis Sánchez "Swingcat"
(Inspirado en el film “Música y Lágrimas” de Anthony Mann).

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