sábado, diciembre 13, 2008

Herencia del pasado.


Hay quien afirma, que el ser humano, se crece ante las dificultades.
Constantemente, necesitamos de nuevos retos, metas, objetivos por alcanzar para soportar el camino que compone nuestras vidas.

De igual manera, la masificación de un colectivo, trae consigo a personajes parásitos, a depredadores de modas pasajeras que, debido a su potencial comercial, hacen que las comodidades y el mercadeo de ese colectivo crezca espectacularmente.

Consumidores de modas, que tiempo adelante, abandonarán por otra mas “in”, pero que fomentan una floreciente industria auxiliar y hacen, que igualmente, una enorme manada de borregos similares, se vean inmersos en la ola de esa moda, abultando y produciendo cifras numéricas del fenómeno “fashion” del momento.

Por esa misma razón, el mundo de la moto en España es ahora mismo un verdadero fenómeno de masas.
Cualquier “yuppie” de pelo engominado entre lunes y jueves, con una abultada cuenta en el banco y una poderosa tarjeta de crédito, se transforma los fines de semana en todo un fuera de la ley.

Rebelde sin causa, disfrazado gracias a expertos que han construido una espectacular motocicleta para el, a tatuadores que han dejado en su piel una serie de espectaculares gráficos en forma de tinta subcutánea o artesanos del cuero y diseñadores kustom, que lo han vestido con lo mas puntero en moda biker. Todo a cambio de dinero, pero no de tradición o esfuerzo.

Herencia todo ello de profesionales “de toda la vida” que forjaron su pasión con muchos años de aprendizaje forzoso y duro en lo que durante demasiado tiempo la sociedad rechazó y trató despectivamente con la etiqueta de marginal.
Una cultura propia, una manera de vivir y entender la vida, incompatible con lo que ahora pretenden adoptar toda esa serie de burgueses vestidos de cuero y flecos.

Tiempos pretéritos en los que lo único que podíamos montar, eran motocicletas europeas o japonesas de media cilindrada y de segunda mano, que tras muchos años de servicio y miles de kilómetros bajo la rueda de sus neumáticos, nos obligaban a aprender a repararlas en cualquier cuneta, en compañía de algunos otros marginados que apuraban la esencia de la vida de igual manera que nosotros, o a la creación de cualquier pieza o mejora para la moto, de manera completamente artesanal, debido a la casi completa ausencia de industria auxiliar destinada a crear un mercado para cuatro locos.

Yo, por ejemplo, tras años con motos mas modestas y viejas, ahora tengo una Harley nueva, con un motor de 1600cc. Una máquina magnífica. Un sueño perseguido durante toda una vida que se ha materializado por fin en una tangible realidad.
Pero reconozco que echo mucho de menos aquellos tiempos salvajes. Aquellos locos 80 y 90' s en los que la violencia, la marginalidad, pero también la esencia de lo auténtico y lo creativo, campaban a sus anchas por el panoraba biker de los barrios de la ciudad.
Tiempos en los que una tarjeta VISA, no servia para construirte una moto personalizada en compañía de tus colegas, ni para pagar una “litrona” de cerveza, de la que bebíamos todos los soñadores que rodabamos juntos.

Una estirpe de caballeros peculiares que no dejaban a los suyos tirados en la cuneta de la carretera o de la vida. Que cuando uno de los suyos caía, lo recordaban año tras año bebiendo a su salud en cualquier bar marginal de esos en los que jamás entraría la gente corriente.

Una raza de Quijotes, que la vida a convertido en anacrónicos dinosaurios del pasado. En frikis a los que señalar con el dedo o con los que hacerte una foto por la calle. En personajes demasiado viejos para cambiar, pero que aún son jóvenes para morir.

Un parque movil de motos viejas de mierda, por las que cualquiera de sus dueños mataría. Motos con solera, con un estilo irrepetible, con nombre propio y mas respetadas que la madre o la mujer de cualquiera ya no se ven circular por nuestras carreteras.

Bikers con las manos llenas de grasa tirados en el arcén, reparando su moto y otros bikers que paran para ayudar cuando lo encuentran en su camino sin prisa, son recuerdos del pasado.

Hermandad y fidelidad forjada tras muchos años rodando y bebiendo juntos, que ha dejado paso tristemente a ocultos intereses comerciales o a políticas de poder de los colectivos mas poderosos.

Cifras de trapicheo y marginalidad, que han sido cambiadas por las de cualquier novato sin experiencia que se ha estampado contra un guardarríl de la carretera, dejando su cuerpo como en los cromos del Coyote.
Un “gran hermano” de cámaras de tv y una tecnología que han convertido cualquier vestigio de libertad, en tan solo un efímero recuerdo o fantasía. Controlados en todo momento por la administración gubernamental y la maquinaria recaudatoria y policial.

Llega la puta navidad (Lo ha dicho El Corte Inglés) y tal vez estoy melancólico. Me acuerdo de viejos hermanos caídos (Rafi, Jose, etc) y echo de menos aquellas juergas de los jueves hasta el amanecer. Borrachos, compartiéndolo todo y durmiendo la resaca los viernes en el trabajo.

Apurando la esencia de la vida entre miles de dificultades, que a nosotros, simplemente nos ofrecían cualquier excusa para continuar peleando por una identidad que los viejos rockeros no podemos abandonar, por mucho que la sociedad cambie.

Doktor Jeckill. Diciembre de 2008.

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