miércoles, diciembre 17, 2008

CARRERA CON EL DIABLO


Tenía quince años y era Rocker. A día de hoy es ésta probablemente la expresión que con más orgullo escapa a través de mis cuerdas vocales: "era Rocker". ¿Por qué no digo soy Rocker? Quizá porque, a mis casi treinta años, cada día agacho la cabeza humillado ante los gritos de mi jefe, algo que jamás hubiera hecho el hombre por quien hoy me siento a escribir.

Cuando hablo del pasado suelo emplear amplios abanicos temporales. Normalmente digo: "tendría entre trece y quince años" ó "a finales de los noventa, si no recuerdo mal…". Imagino que la cerveza tiene parte de culpa (o gracia) en esto. Pero recuerdo perfectamente que aquella noche tenía quince años, los mismos que tengo al plantarme frente al ordenador para relatar lo que aconteció.

Como casi siempre no podía dormir. Toda mi vida he arrastrado serios problemas de sueño sin duda ocasionados por mi incapacidad para pasar de puntillas por la vida. Normalmente corro descalzo sobre vidrios rotos, dando mil vueltas a todo, cuestionando cada palabra que leo o escucho, preguntándome por qué, pero también por qué no. En aquel momento de mi vida sufría un síndrome al que seguro algún psicólogo ha puesto nombre, el cual desconozco. Para que se me pueda entender diré, como dice el mejor letrista de este país, que tenía el demonio a mi derecha y a la izquierda un angelito.

Tenía quince años, adoraba a Gene Vincent, fumaba, bebía, apenas pisaba la clase y machacaba el piano a todas horas para desgracia de mis vecinos, excepto uno que solía pararme en la escalera para preguntarme a qué hora pensaba sentarme a tocar. Entonces el saldría a su balcón para fumar unos cigarros escuchando mi curiosísimo repertorio. Estudiar en el conservatorio y vivir en la calle me hacían alternar con cierta soltura a Mozart con Jerry Lee. Aquel curioso vecino hoy se consume entre las paredes de un sanatorio mental, con la mirada perdida nadie sabe dónde y fumando un cigarro tras otro. Quiero pensar que el recuerdo de mis melodías es uno de los pocos eslabones que aún le aferran a la cordura.

Pero mientras el gato callejero arañaba mis entrañas se acercaba el verano y, en consecuencia, el final del segundo curso de bachillerato. Mientras todos me veían caminar por los alrededores del instituto con mi chupa de cuero al hombro y un litro de cerveza en mi mano, creyendo que jamás llegaría a ninguna parte, también pensaba en el futuro. Obviamente tenía unos padres que habían tenido que trabajar para poder formar un hogar y sacarme adelante y yo sabía que no toda la vida tendría las quinientas pesetas que me daban los viernes para pasar el fin de semana, que no siempre podría andar con la guitarra a cuestas sin parar por casa, sin horarios ni disciplina. Por aquel entonces también tenía un hermano. Hoy sigue vivo, pero ya no es mi hermano. Estudiaba medicina y en aquello mismo pensaba yo mientras aparentaba sólo preocuparme por vivir intensa y alcoholizadamente el día a día. Si existe un recuerdo que para mí sea entrañablemente cruel (o cruelmente entrañable, si se prefiere) son las caras de casi todos mis profesores cuando cantaban en voz alta las notas del último examen y, tras mi nombre, con fuego en la mirada, decían: "notable". Sabían que, mientras les escuchaba desde mi pupitre en la última fila, con los pies sobre la mesa, estaba completamente borracho. Muchos amigos de entonces creían que yo era una especie de super dotado. Jamás entendieron que es perfectamente posible pasar un trimestre entero abrazado a la botella y, el día antes del examen, enchufar la cafetera y no acostarse en toda la noche. Era todo tan sencillo…



Como he dicho antes por entonces reverenciaba a Gene Vincent por encima de todas las cosas y, aún hoy, jamás he pronunciado su nombre en vano. Y es precisamente por esto que no pude dormir aquella noche tras mirarme al espejo. Eran las dos de la madrugada y ningún gato salvaje asomaba tras el cristal. Enfrente de mi se plantaba un semi adolescente con tres lastimosos pelos en su rostro con los que pretendía simular unas patillas, en pijama de rayas, con el pelo caído hacia un lado y que en menos de dos años empezaría la carrera de medicina. Durante un instante me estremecí, pues no supe quién era yo, si el del espejo o el que abandonaba cada mañana la habitación ataviado en ropa vaquera y camisetas con las mangas torpemente recortadas. Busqué un cigarro por los bolsillos de mi chupa y lo encendí en el balcón. Recuerdo que, al principio, me moría de frío.

Saboreando el ansiolítico para el que nunca necesité receta un nombre retumbaba en mi cabeza: Gene Vincent. Lo era todo para mí, pero yo tenía un futuro que aún no era mío y tal vez su compañía me impidiera alcanzarlo. Sin embargo, ¿realmente quería hacerlo? Mientras yo sentía casi miedo al ver en lo que era capaz de pararme a pensar, mis compañeros de instituto todavía volvían a casa a las cinco para ver su serie de dibujos animados.

Gene Vincent representaba, y representa, el antihéroe del padre de familia conservador, el que a ninguno nos cuesta imaginar. Fue masacrado por la iglesia y la crítica durante toda su existencia. Imagen viva del auténtico rebelde, la vida le fue dando una hostia tras otra y no siempre pudo evitar besar la lona. Pero siempre se levantó. Y yo admiraba eso muy por encima de su música, la cual, por supuesto, me hacía vibrar, sintiendo cada nota de la guitarra de Cliff Gallup recorrer toda mi piel. Una de sus canciones, "Say Mama", me marcó como nada ni nadie lo ha hecho jamás. Tanto es así que me hizo incluso perder el nombre. La gente me paraba por la calle y me decía: "Hey, Say Mama, ¿dónde vas?". Y algunos siguen haciéndolo quince años después.



Aquella noche me sorprendí advirtiendo que admiraba a una persona que jamás hizo caso a los médicos que le rogaban mantuviera en reposo su casi inútil pierna, lesionada en un accidente de moto mientras prestaba servicio militar y totalmente destrozada tras un accidente de circulación en el que fallecería su gran amigo Eddie Cochran. Alguien que combinaba botellas de whiskey y tubos de aspirinas antes de cada concierto para poder aguantar el dolor, pues no podía estar quieto frente al micrófono. Ardiente, salvaje y despiadado son términos que quedan cortos para describir su presencia en el escenario, donde su cuerpo vibraba al ritmo de canciones trepidantes, como nunca antes se habían escuchado.
Fue la primera y última vez que tuve dudas sobre mi mismo. ¿Era todo pura fachada? ¿Quién me creía que era? Cuando encendí el quinto o sexto cigarro apenas sentía el frío de aquella madrugada y me hice la pregunta: ¿realmente quiero ser como Gene Vincent?

Debo admitir que nunca he sido un tipo duro. Apenas he tenido dos o tres peleas en mi vida y no en todas salí victorioso. En cuanto al tópico de la rebeldía, qué puedo decir. Quizá si lo cumplía religiosamente por entonces, saltándome las clases, haciendo que el director del instituto llamara constantemente a mis padres, saliendo de casa un viernes y volviendo el lunes sin una sola llamada para avisar. Eso y, por supuesto, cerveza, más cerveza y música. Por desgracia no descubrí el placer de la lectura hasta unos años después.

Pero aquello sabía que iba tocando poco a poco a su fin. Si no, ¿por qué seguía en el instituto? ¿para qué aprobaba exámenes si no era para convertirme en un universitario con futuro?

Mi yo de quince años continuaba fumando en el balcón mientras el humo de aquellos cigarros hacía difuminarse el aura de aquel ídolo que por momentos se tambaleaba. Qué ejemplo podría dar a mis hijos, si algún día llegaban, hablándoles de aquel indomable que tuvo tantas mujeres como quiso comprar, fugándose con una de ellas el día que había quedado con el grupo, cuando su carrera iba en declive, para pagarles lo que les debía y por lo que le fue retirado el permiso de trabajo en Estados Unidos, viéndose excomulgado y obligado a terminar sus días haciendo giras como un artista de segunda hasta que su cuerpo fue encontrado semi congelado en la calle, con más alcohol que sangre en las venas para, pocos días después, morir solo y olvidado en una fría cama de hospital.



Pero por otro lado, como ya he dicho, no era más que un niño. Y un niño pasa un mal día cuando se enfada con un amigo, llora cuando la niña a la que ha estado rondando se marcha con otro, sufre cuando su padre es ingresado en el hospital debido a una trombosis, se hunde cuando llega el día de su cumpleaños, en verano, y no puede celebrarlo porque todos sus amigos están veraneando fuera de la ciudad. Y en todos aquellos momentos de abatimiento nunca dudé en hacer siempre lo mismo: la aguja rozaba el vinilo y Gene Vincent se sentaba en la habitación junto a mí, haciéndome compañía. Odio a la gente que estando conmigo me hace sentir solo, y Él me hacía sentir acompañado sin estar allí. ¿O sí estaba?

Cuando quise darme cuenta estaba amaneciendo. Lancé el cigarro al aire y vi la luz anaranjada apagarse en la distancia, como una luciérnaga que fallece en caída libre. Cerré con cuidado la ventana para no hacer ruido (mis padres aún no sabían que fumaba) y volví a la cama. Puse en voz baja un vinilo de Gene Vincent y seguí despierto junto a Él hasta que fue completamente de día. Me puse mi atuendo de gato y partí hacia el instituto. Siendo sincero, realmente me quedé en la cafetería de enfrente con otro par de gatos, fumando y bebiendo cerveza a las ocho y media de la mañana. Sí, quería ir a la universidad y ser algo en la vida, pero a quién podía engañar: tenía quince años y sabía que entonces, y sólo entonces, podría hacer esas cosas que hoy tanto añoro (y de vez en cuando sigo haciendo, pero procurando que no me vea nadie).

Si al final llegué a ser médico, arquitecto, contable, carpintero, albañil o cumplo condena en la prisión de Folsom (pequeño guiño a otro de los grandes) no es algo que ahora considere relevante mencionar. Respecto a mi demonio y mi angelito, ahora beben juntos y brindan por mí. Soy consciente de mis responsabilidades, pero también de que la vida son dos días y uno lo pasamos durmiendo. Aborrezco los extremos. Disfruto riendo con Eduardo Mendoza y Tom Sharpe, y pensando con Herman Hesse.

Después de una buena sesión de Monty Python, creo que no puede haber nada mejor que una película de Bergman. Sólo sé que aquella madrugada comenzó mi particular carrera con el diablo, y no por que le fuera huyendo, sino porque quiero llegar al infierno antes que él.

Jamás volví a tener dudas sobre qué o quién soy, y sólo yo lo sé. Y desde el momento en que lancé por los aires el último cigarro de la noche supe que mi ídolo, Gene Vincent, nunca morirá.

Un relato by: Luis Sánchez “Swingcat”

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Vaya, por fin algo distinto...

CHARLIE dijo...

No he escuchado a Gene Vincent y ahora seguramente lo haré por curiosidad. La rebeldía creo que es un estado del alma que no tiene porqué estar en contra de tener responsabilidades, sino contra todas las normas políticamente correctas y preestablecidas.
Hace frío, llueve y nieva a veces pero andamos en Moto, bebemos y seguimos escuchando música pero sobre todo....Seguimos nuestro propio camino. Rebels to the End

Doktor Jeckill dijo...

Te gustará, Charlie. Seguro.

Gene Vincent fué y sigue siendo un icono rocker de rebeldía y buena música.